Ahí estaba. En uno de los miradores frente a la Torre Eiffel. Tan bonita como siempre, ella y la torre también.
- Parece que hace frío, ¿no?- Dije yo.
- Se nota que es la primera vez que estás aquí y que estás empezando a adaptarte, pero el frío en París con estas vistas...es lo de menos.
Tenía razón, el frío era menos irritante con lo bello que era París. Y ella. Huí allí porque después de lo que pasó necesitaba escaparme. Necesitaba dar un vuelco a mi vida lejos de Madrid, lejos de España, lejos de ella y llevaba ya casi dos años. Mi francés había avanzado bastante, llegué a encontrar un trabajo, conocer gente tan dispar que a la vez me reconfortaban bastante, nadie volvió a entrar en mi vida. Mi escudo tenía la culpa. Si que tuve alguna que otra aventura pero vacía de sentimientos. Me estaba reencontrando a mí misma, incluso me llegaba a sentir extasiada de felicidad.
Vivía en un piso alquilado con varios compañeros en el mismo barrio de Montmartre. Me encantaba por las noches cuando acababa mi rutina diaria divisar por la ventana una de las panorámicas más bonitas de París, sacar fotos a la basílica de Sagrado corazón, a la plaza de Tertre. No me extraña que Picasso eligiera ese lugar para vivir. También esas vistas me inspiraban para escribir. Una vida llena de paz era lo que estaba teniendo, paz conmigo misma.
Recibí una carta. Era de ella.
" Se que no me vas a coger el teléfono, me ha costado mucho llegar hasta aquí. Si me das la oportunidad podemos vernos"
Mierda. Dos años me ha costado conseguir la estabilidad, ser fuerte. Siempre hay algo suyo en mi vida y se que aunque la vida de mil vueltas, la misma vida vuelve a hacernos coincidir, ya van varias veces.
En el remite ponía una dirección así que decidí después de una semana, escribir.
"Nos vemos frente a la torre Eiffel a las 18.30 horas el sábado 22 de febrero"
Y ahí nos encontramos, dos años después. Mi escudo seguía fuerte.
Me contó todos los motivos que la llevaron hasta aquí, a buscarme pero no para llevarme de vuelta, si no para quedarse. Largas conversaciones tuvo con mi familia, por eso sabía donde estaba. La vida no la había tratado tan bien como ella pensaba, se equivocó en la mitad de las decisiones que tomó, se volvió loca y por supuesto yo se lo corroboré todo. Dejó de lado lo que tenía al momento por buscarse la vida en labios equivocados, con gente que no la convenía. Ella se lo buscó.
Estuvimos cerca de 24 horas hablando en el mismo lugar donde habíamos quedado. Yo la escuché pero no hice ningún ademán de dar mi brazo a torcer, solo escucharla. Demasiado había sufrido mi corazón. Quien sabe si volvería a dejarme tirada.
Con esas, nos despedimos. Llegué a mi querida casa con la cabeza atorada de pensamientos, tanto buenos como malos. Es cierto eso que dicen de que la vida no te aleja nunca de la persona que más has querido en tu vida y cada paso que des, esa persona da igual que esté al otro lado del mundo que lo dará.
Fuimos quedando, cada vez nuestros encuentros se hacían más intensos tanto que empezamos a vernos más allá de con ropa, a que nos pillara el primer rayo de sol bajo las sábanas y escuchando nuestras risas. Pasaron meses hasta quizá un año. Cuando de repente:
- Creo que nuestra historia de verdad debe empezar aquí, en París. Sin nadie alrededor, solo tu y yo. Creo que nos merecemos esta oportunidad, la última y para siempre. Lejos de España, lejos de todo.
- Si, ya es hora de disfrutar de nuestra historia que nos ha unido desde siempre. Ya es hora de dejar todo atrás. Je t´aime.
Y así es como vuestras abuelas, niños, empezaron a disfrutar de lo que de verdad las unía. Un amor que a pesar de ser fatídico, por fin, supieron encontrar el lugar a donde pertenecían. El lugar donde debían haber ido mucho antes. A veces amar duele, pero otras veces merece la pena sufrir. Porque lo amores que de verdad sufren, son los que más se quieren y mis mamás...llegaron a ser muy felices, llegaron a perdonarse cada fallo, cada herida.